miércoles, septiembre 05, 2007

Filosofía de la Felicidad 5

Un paseo por el lado soleado del pensamiento.
Josep Muñoz Redon.
Barcelona. Editorial Anagrama, 1997. 204 páginas.


Séneca o la felicidad en el bolsillo
(4 a.C. - 65 d.C.)


—el secreto de la vida es el sufrimiento. p. 51

—"Y no es fácil conseguir la felicidad en la vida, ya que se aleja uno tanto más de ella cuanto más afanosamente la busque". p. 52

—"Perecemos por el ejemplo de los otros; nos salvamos si nos separamos de la masa". p. 52

—"La vida feliz es, por consiguiente, la que está de acuerdo con su naturaleza". p. 52

—no es más feliz quien más tiene, ni quien más puede, ni quien más vale, sino aquel que abre su vida al horizonte siempre cambiante de la libertad. p. 53

—La posibilidad real de morir confiere al hombre su libertad, en el sentido de que le ofrece una salida a cualquier situación. p. 53

Fragmentos de un discurso amoroso. Citas D

Roland Barthes.
1ª ed., 3ª reimp. Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina, 2006. 254 pp.


La conversación / Declaración

—El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación.

(Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es precticar una relación sin orgasmo. Existe tal vez una forma literaria de ese “coitus reservatus”: es el galanteo). p. 82

—(La atopía del amor, la aptitud que lo hace escapar a todas las disertaciones, sería que “en última instancia” no es posible hablar de amor más que “según una estricta determinación alocutoria”; sea filosófico, gnómico, lírico o novelesco, hay siempre, en el discurso sobre el amor, alguien a quien nos dirigimos. Este alguien pasó al estado de fantasma o de criatura venidera. Nadie tiene deseos de hablar del amor si no es “por” alguien. p. 83


La dedicatoria

—El regalo amoroso se busca, se elige y se compra dentro de la mayor excitación tal que parece ser del orden del goce. Calculo activamente si ese objeto complacerá, si no decepcionará, o si, por el contrario, pareciendo demasiado importante, no denunciará por sí mismo el delirio —o el embaucamiento en el que estoy aprisionado. El regalo amoroso es solemne; arrastrado por la metonimia voraz que regula la vida imaginaria, me transporto por entero en él. A través de ese objeto te doy mi Todo, te toco con mi falo; es por eso que estoy loco de excitación, que recorro las tiendas, que me obstino en encontrar el buen fetiche, el fetiche brillante, logrado, que se adapatará “perfectamente” a tu deseo.

El regalo no es forzosamente una basura, pero tiene de todos modos vocación de desperdicio: no sé qué voy a hacer con el regalo que recibo, no se ajusta a mi espacio, estorba, está de más: “¡¿Qué voy a hacer con tu regalo?! Se convierte en la frase farsa del regalo amoroso.

Declarar lo que regalo es seguir el modelo familiar: “mira los sacrificios que hacemos por ti”; o más aún: “nosotros te hemos dado la vida (—Pero, ¡qué voy a hacer yo, con la vida!, etc.) Hablar el regalo es colocarlo en una economía de intercambio (de sacrificio, de subasta, etc.), a la que se opone el gasto silencioso.

“A ese dios, ¡oh, Fedro!, dedico este discurso…” No se puede regalar lenguaje (¿cómo hacerlo pasar de una mano a otra?), pero se lo puede dedicar —puesto que el otro es un pequeño dios. El objeto obsequiado se reabsorbe en el decir suntuoso, solemne, de la consagración, en el gesto poético de la dedicatoria; el regalo se exalta en la sola voz que lo dice, si esta voz es “mesurada” (métrica); o aún: “cantada” (lírica); es el principio mismo del “Himno”. No pudiendo dar nada, dedico la dedicatoria misma, en la que se absorbe todo lo que tengo que decir:

”A la muy querida, a la muy bella,
Que colma mi corazión de claridad,
Al ángel, al ídolo inmortal…”

El canto es el suplemento precioso de un mensaje vacío, enteramente contenido en su intención, puesto que lo que regalo cantando es a la vez mi cuerpo (a través de mi voz) y el mutismo con que lo golpeas. (El amor es mudo, dice Novalis, sólo la poesía la hace hablar) “El canto no quiere decir nada: por eso entenderás finalmente que te lo doy; tan inútil como la hebra de lana, el guijarro, que el niño tiende a su madre.

Impotente para enunciarse, para enunciar, el amor quiere sin embargo, pregonarse, exclamarse, escribirse por todas partes […] No bien el sujeto crea o elabora una obra cualquiera, se apodera de él una pulsión de dedicatoria. Lo que hace, quiere inmediatamente, incluso por anticipado, regalarlo a quien ama, a aquel por quien ha trabajado, o trabajará. El encabezado del nombre dirá el regalo.

Sin embargo, salvo el caso del Himno, que confunde el envío y el texto mismo, lo que sigue a la dedicatoria (a saber, a la obra misma) tiene poca relación con esa dedicatoria. El objeto que regalo no es ya tautológico (te doy lo que te doy) sino “interpretable”; hay un sentido (los sentidos) que desborda con mucho su intención, por más que escriba tu nombre sobre mi obra, ésta ha sido escrita para “ellos” (los otros, los lectores). Es pues por una fatalidad de la escritura misma que no se puede decir de un texto que es amoroso, sino solamente, como máximo, que ha sido hecho “amorosamente”, como un pastel o una pantufla bordada.

E incluso: ¡menos aún que una pantufla! Puesto que la pantufla ha sido hecha para tu pie (tu medida y tu placer); el pastel ha sido hecho o elegido para tu gusto: hay una cierta adecuación entre esos objetos y tu persona. Pero la escritura no dispone de esta complacencia. La escritura es seca, obtusa; es una especie de apisonadora; sigue su curso, indiferente, sin delicadeza; mataría “padre, madre, amante”, antes que desviarse de su fatalidad (por lo demás, enigmática). Cuando escribo debo rendirme a esta evidencia (que, según un imaginario, me desgarra): no hay ninguna benevolencia en la escritura sino más bien un terror: sofoca al otro, que, lejos de percibir en ella la donación, lee una afirmación de dominio, de poder, de goce, de soledad. De ahí la cruel paradoja de la dedicatoria: quiero regalarte a cualquier precio lo que te asfixia.

(Comprobamos a menudo que un sujeto que escribe no posee para nada la escritura de su imagen privada: quien me ama “por mí mismo”, no me ama por mi escritura (y yo sufro por ello). ¡Es indudable que amar a la vez dos significantes en el mismo cuerpo resulta demasiado! Eso lo sabe cualquiera. Y si por excepción se produce, es la Coincidencia, el Soberano Bien).

No puedo darte lo que he escrito para ti; a ello debo rendirme: la dedicatoria amorosa es imposible (no me contentaría con un encabezado mundano, perezoso de dedicarte una obra que se nos escapa a los dos). La operación en la que se apresa al otro no es un encabezado. Es, más profundamente, una inscripción: el otro está inscrito, se ha inscrito en el texto, dejó ahí su huella, múltiple. Si, de ese libro, tú no fueras más que quien lo dedica, no saldrías de tu dura condición de “objeto” (amado) —de dios—; pero tu presencia en el texto, por lo mismo que eres allí irreconocible, no es la de una figura analógica, la de un fetiche: es la de una fuerza, que no está, desde ese momento, segura. Poco importa, pues, que te sientas continuamente reducido al silencio, que tu propio discurso te parezca ahogado bajo el discurso, monstruoso, del sujeto amoroso: e “Teorema” el “otro” no habla, pero inscribe algo en cada uno de los que lo desean —opera lo que los matemáticos denominan una catástrofe (la descomposición de un sistema por otro): es verdad que ese mudo es un ángel. pp. 84-89


Domnei / dependencia

—(Si asumo mi dependencia es porque para mí se trata de un medio a través del cual “declarar” mi demanda: en el campo amoroso la futilidad no es una “debilidad” o un “ridículo”: es un signo de fuerza: cuanto más fútil es, más declara y más se afirma como fuerza.) pp. 92-93


El desollado

—La resistencia de la madera no es la misma según la dirección en que se hunde el clavo: la madera no es isótopa. Yo tampoco; tengo mis “puntos delicados”. La carta geográfica de esos puntos sólo yo la conozco, y por ella me guío, evitando, buscando esto o aquello, según conductas exteriormente enigmáticas; desearía que se distribuyera preventivamente este mapa de acupuntura moral a mis nuevos conocidos (que, por otra parte, podrían utiliarlo “también” para hacerme sufrir más). pp. 94-95


Novela / drama

—En las cartas que envía a su amigo, Werther narra al mismo tiempo los sucesos de su vida y los afectos de su pasión; pero es la literatura la que gobierna esa combinación. Puesto que si yo llevo un diario se puede dudar de que ese diario relate, hablando con propiedad “acontecimientos”. Los acontecimientos de la vida amorosa son tan fútiles que no acceden a la escritura sino a través de un inmenso esfuerzo: uno se desalienta de escribir lo que, “al escribirse”, denuncia su propia chatura: “Encontré a X… en compañía de Y…”, “Hoy X… no me ha telefoneado”, “X… estaba de mal humor”, etc… ¿quién reconocería en esto una historia? El acontecimiento, ínfimo, no existe más que a través de su repercusión, enorme: “Diario de mis repercusiones” (de mis heridas, de mis alegrías, de mis interpretaciones, de mis razones, de mis veleidades): ¿quién comprendería algo en él? Sólo el Otro podría escribir mi novela.

Como Relato (Romance, Pasión), el amor es una historia que se cumple, en el sentido sagrado: es un “programa” que debe ser recorrido. Para mí, por el contrario, esta historia “ya ha tenido lugar”: porque lo que es acontecimiento es el arrebato del que he sido sujeto y del que ensayo (y yerro) el después. El enamoramiento es un “drama”, si devolvemos a esta palabra el sentido arcaico quele dio Nietzche: “El drama antiguo tenía grandes escenas declamatorias, lo que excluía la acción (ésta se producía “antes” o “tras” la escena).” El rapto amoroso (puro momento hipnótico) se produce “antes” del discurso y “tras” el proscenio de la conciencia: el “acontecimiento” amoroso es de orden hierático: es mi propia leyenda local, mi pequeña historia sagrada lo que yo me declamo a mí mismo, y esta declamación de un hecho consumado (coagulado, embalsamado, retirado del hacer pleno) es el discurso amoroso.
pp. 105-106